Centro Cultural e Histórico José Figueres Ferrer

Socialismo

Socialismo

El hombre primitivo, en incesante lucha individual contra las fieras que amenazaban su vida a cada paso, hacía aun más precaria su existencia por el antagonismo general que sostenía entre los miembros de la especie.

Con el tiempo, y como resultado casual de pequeñas experiencias, empezó a vislumbrar en el limbo de su embriónico intelecto, el fulgor indeciso de una idea, que al amanecer fue tibio sol alentador, y que se levanta, aun hoy muy lejos de su cenit, dando vida y luz a la humana inteligencia, y conduciéndola hacia un mundo de plenitud no imaginada.

Fue la idea racional de la colaboración, sugerida por el instinto mismo de la vida, contrapuesta al impulso natural del antagonismo, que destruiría la especie.

Inconscientemente nació la sociedad, y la defensa personal pasó del individuo al grupo, a cambio de la sujeción a la ley, y de la participación en la actividad común. Los hombres decidieron cooperar en la defensa de sus vidas.

Extenso frente en la lucha de la existencia es el que atiende al suministro de menesteres, la actividad económica, cuya importancia se acrecienta cada día con el aumento del consumo de mercancías y servicios. También evoluciona este sector desde la pugna individual, o antagonismo, hacia la acción social organizada, o colaboración.

La división del trabajo, más acentuada cuanto más grande es el grupo, y la intervención reguladora del Estado en los negocios, cada día más sentida en nuestro tiempo, no son triunfos de una u otra ideología, sino el avance racional de la sociedad hacía un esfuerzo económico científicamente coordinado, con miras de eficiencia y equidad.

Socialismo es la aspiración hacia un orden económico en que cada cual da el máximo de sus capacidades en la producción organizada de menesteres, a cambio de normas de vida tan elevadas como permitan la riqueza acumulada y el producto cotidiano del trabajo general.

Porque creo que el socialismo, como el avance de la civilización, no puede perjudicar a nadie, y sí beneficiar a todos; porque creo que los dos bandos actuales de opinión, izquierdas y derechas, están igualmente prejuiciados, y ambos retardan, con somero raciocinio, la marcha de la sociedad hacia el bienestar mayor posible; porque creo en la sinceridad de gran número de fieles de ambas sectas, cuyas razones he escuchado, cuyos anhelos he sentido; me esforzaré en proyectar sobre la noche del problema el lánguido hilo de luz que de mi intelecto emane, al soplo estimulante de mi fe.

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Revolucionarios sociales y conservadores burgueses: vuestra bandera es la misma, el antagonismo. He ahí un error común a todos. El sistema de libre competencia, aguzando la inteligencia y el esfuerzo, ha logrado producir mucha riqueza. En un estado primitivo de pobreza general, las fuerzas de la naturaleza actuaron, y los resultados son palpables: casi todos los bienes de que hoy disfruta el hombre son producto de un trabajo individual, o al menos ejercido con miras de provecho personal. Este régimen, esencialmente práctico, tiene su filosofía: la que opina que de la multiplicidad de intereses en pugna, cada hombre tras lo suyo, nace el bienestar general. Bastante bienestar ha nacido de la libre competencia, pero no el general, ni siquiera el de los más.

Las fuerzas de la naturaleza llevan en sí mismas su limitación. “Y de esta verdad te podría traer tantos ejemplos que te cansaran”. El que hoy nos interesa es éste: el capitalismo, o régimen de mano libre, desconociendo que la producción y manejo de bienes destinados al consumo de todos es, por esta circunstancia, una actividad esencialmente social, y no privada, derrocha energías despiadadamente al dup1icar servicios sin necesidad, al destruir mercancías por especulación, y en múltiples maneras más; crea una división de clases arbitraria y perjudicial al grupo, entre los elementos directores y los ejecutores de la actividad productiva, realmente trabajadores todos con funciones distribuidas; sustrae a la sociedad el beneficio de las capacidades cultivadas de los individuos más pudientes, dedicándolas a maquinaciones pequeñas e infecundas; refina el natural egoísmo de la bestia humana y reduce el campo en que se podrían desarrollar su mente y su corazón. Y, lo peor de todo, enarbola con fiereza la bandera milenaria del antagonismo, poniendo a cada empresario individual en situación de pugna viva con sus competidores, cuyos esfuerzos constructivos procura estrangular; en pugna degradante con la sociedad consumidora, a quien busca dar el mínimo servicio por la mayor retribución; en pugna inhumana con los copartícipes de su actividad, sus subalternos, cuyas personalidades denigra, y cuyos esfuerzos trata de obtener por la menor compensación posible.

Fruto de este antagonismo ineficiente y destructor, que limita la capacidad productiva de la sociedad, es la pobreza relativa al estado de adelanto en que viven las naciones, donde la mayoría de los habitantes carecen de la mayor parte de los bienes de la época y de las oportunidades de mejoramiento que los eleven a un plano general de estimación; y donde los pocos privilegiados, por el talento o la fortuna, ignoran la satisfacción profunda de ser útiles a algo más grande que sí mismos, y en mirar siempre hacia adentro disipan una vida de infinitos panoramas exteriores.

Contra esa situación visiblemente deplorable, que es el mundo de las derechas, militan los ejércitos izquierdos, con sus miles de millones de guerreros descontentos, con sus caudillos y profetas. ¿Y cuáles son su evangelio y su estandarte? Lucha de ideas, en lo filosófico; lucha de clases, en lo social.

La vieja bandera andrajosa del antagonismo se yer-gue en astas nuevas, y sus clarines exhalan este canto incitador: ¡combatid a los hombres que llevan la batuta en la sinfonía de la producción; repartido como botín, o quemad, la escasa riqueza acumulada, indispensable medio de trabajo; trabajad menos, y de más mala gana, y exigid mayor compensación; entorpeced las actividades con unilaterales pretensiones; sembrad odios; justos o injustos, innecesarios siempre; procurad por todos los medios que se produzca menos… y así tendremos más. ¡Milagrosa fecundidad del antagonismo!

Y la continuación de lo que ya es un disco impreso, pregona al otro lado la excelencia de la dictadura del proletariado. En un mundo que no quiere dictaduras, ni aun de sabios patricios, ¿con qué juicio se puede enardecer a las gentes desprovistas, por la pobreza social y por la admi-nistración defectuosa, de toda formación cultural, y embutir en su cerebro la idea de que se impongan por la fuerza de su número, y dicten a su antojo hasta la ley del equilibrio universal!

Yo sé bien que para todo esto hay explicaciones aca-démicas. Yo sé que en las arcas filosóficas del pensamiento revolucionario hay doctrina suficiente, aunque abstracta y discutida, para respaldar las emisiones de los líderes de rec-tas intenciones. Pero sé también que en ocasiones demasiado numerosas para ser una excepción, al abrigo de las tiendas idealistas acamparon supuestos redentores, en los grandes países industriales, que no fueron sino vampiros de las clases más anémicas, extorsionistas de las más privilegiadas, y entorpecedores de la vital actividad fabril. Sé, además, que aún en el templo de la santa aspiración, junto al culto del teórico precepto alentador, ha de vivir el recuerdo, práctico y amonestador, del uso que el pueblo hace de las doctrinas que asimila, o no asimila, y de la acción a que ellas lo compelen; aunque vieja y conocida es oportuna la fábula del mago principiante, que desató tormentas que no pudo controlar. Y recuerdo ahora saber también, ¡cuántas cosas sé!, que la lucha de clases, con sus agitaciones desorganizadoras y empobrecedoras que provocan la reacción, y en uniones impuras y frecuentes, con los políticos de oficio, trajo al mundo, en alumbramientos bien recientes, las tres monstruosas dictaduras europeas: haciendo cierto tres tris-tes veces más el tétrico aserto de Espinoza, de que los pue-blos, ¡infelices!, prefieren las tiranías al caos.

Los males no se curan con más males. Sobre el cuerpo helado de un antagonismo infértil, erróneamente se prescribe, con ansia de progenie, el suero de un antagonismo extirpador.

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Izquierdas y derechas: permitid que os señale otra la-guna común, donde os bañáis ambas en las mismas aguas, con precipitada incomprensión. Ambas desestimáis, entre los factores de la producción, el más sutil de todos, un fluido tan impalpable como la electricidad que impulsa los mo-tores, y tan vital como ella: es la aptitud humana. Me explicare.

Los propietarios se convencen a la larga de que es más económico tener todo muy bueno: los implementos agrícolas modernos; maquinarias y correas bien instaladas; plantaciones más limpias que un jardín; bueyes de trabajo bien comidos y lustrosos; vacas puras; edificios de cemento ven-tilados; estanterías y mostradores bien dispuestos; básculas finas; máquinas exactas de cálculo y registro. Todo flamante, porque paga. Todo hay que cuidarlo y mejorarlo, sin escatimar la atención personal minuciosa, ni aun el gasto; porque de estar bien atendido todo, a no estarlo, de ser eficiente cada elemento de producción a no serlo, hay la diferencia que determina el éxito o fracaso del negocio. ¡Y todo en manos, directa o indirectamente, de un cuerpo de colaboradores descalzos y subnutridos, durmiendo en el húmedo suelo de los ranchos, sin estimulo, ignorantes e irresponsables, de hostilidad solapada, o de ineficaz docilidad canina! El contraste es escalofriante. O yo no entiendo de estas cosas, o éste es un error más colosal que el Chimborazo. Y no hablo aquí de filantropía romántica, sino de estricta eficiencia industrial, de frío cálculo comercial.

Por otro lado, las izquierdas, en su deseo de mejorar su situación, es decir, de que la sociedad produzca más y les dé más, sueñan con una revolución social universal, que degüelle a los ricos, todos juntos en una sola noche y asuma, por milagro, la administración eficiente de las mil y una actividades productivas del complicado mundo actual.

Olvidan que la capacidad directora de la mayor parte de los hombres de negocios, es un haber social tan valioso al menos, como las máquinas y el suelo; que los organismos administrativos existentes, mientras no haya algo mejor, son tan indispensables a la producción como el brazo ejecutor y la materia prima; que la naturaleza opone montañas de inercia al esfuerzo humano, y que no hay fuerza titánica que las mueva si no las parte el rayo de la inteligencia, ejercitada y diestra.

Cierto que las creadoras aptitudes no son privilegio de una clase; y que dados la oportunidad y el tiempo, otros hombres las desarrollarán tal vez con más pujanza, sobre las cenizas de un mundo devastado. Pero yo os juro, para obligaros a creerlo, que la humanidad no tiene suficiente vocación religiosa para imponerse una década de ayuno.

El factor humano en la producción no es el esfuerzo muscular, sustituible por la máquina, sino la actividad cerebral del hombre consciente y satisfecho. Más que del suelo, y más que del sudor de nuestra frente, la riqueza procede del esmero personal con que el peón haga la aporca, o de sal al ganado; del arte con que amolde la espiga el operario, para llenar la escopleadura; de la nitidez con que el mecanógrafo se dirija a la clientela; del cuidado con que el que tenga tienda, la atienda; de la habilidad del empresario, y sus desvelos; de la aptitud e inspiración del estadista.

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¿Dije yo que un mal no se cura con otro mal? Pues lo retiro. Mejor dicho, lo modifico. Admito que los movimientos agitadores más o menos videntes, merecen mi respeto. Porque tienen la virtud, a falta de otras cosas, de despertar a una clase directora olvidadiza y dormilona; de recordarle, por el método sutil de la caverna, el garrotazo, que tres cuartas partes de los pobres pecadores que profanan el planeta no disfrutan más, entre los bienes humanos que de miseria y abandono; que no van a aguantar indefinidamente, al son de las guitarras moralistas, la carga de un sistema de producción que no los nutre; y que si los hombres que llevan la responsabilidad del gobierno, la industria y el comercio, no encuentran un mecanismo más fecundo y justo, ellos al menos se darán el gusto sádico de arrasar el existente. En el lenguaje gráfico de las necesidades primitivas, lo que advierten esos gritos es, que si el capitalismo no da leche para todos, la lucha de clases matará la vaca.

Menos respeto siento, en cambio, por el atávico recurso de gentes al parecer más educadas, que acuden en zozobra al viejo amparo de una férrea dictadura militar, para que mantenga a sangre y fuego el desorden económico existente, y cauterice todo brote de reforma o descontento. Porque esa plancha cobertora, si es tanto su espesor que se imponga en forma estable, viene a ser losa mortuoria. Y sí, infinitamente más probable, no contrarresta la potencia del explosivo comprimido, acrecienta el estampido con que estalla algún día todo, volatilizando cepos, insignias y galones, sables, botas altas y sacrílegos Tedéums.

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La Revolución Social Universal pretende cabalgar sobre el prestigio de la Revolución Francesa, y establecer los derechos económicos del hombre por los mismos métodos, de sangre y gloria, que nos dieron los derechos políticos. Nunca segundas partes fueron buenas. La revolución económica es innecesaria, porque desde la Bastilla hasta nosotros, han corrido mucho las imprentas; es inconveniente, porque su devastación sería incomparablemente superior a todo antecedente; es imposible, porque afecta las cosas más tangibles, de diario consumir, cuya destrucción “temporal” amena-zaría la existencia misma de la especie, y en el mejor de los casos, la diezmaría en proporción no imaginada.

Las naciones están hoy ocupadas en la más seria conferencia de la historia. Cuando se levante la sesión; cuando hayamos pisoteado las tiranías que flagelan a los pueblos que llamamos enemigos y pretenden conquistar a los amigos; cuando ingleses y alemanes, japoneses y chinos, se vean libres del azote común, habiendo detenido el huracán de retroceso a la caverna; entonces, al caer las lluvias sobre las pirámides de humanas osamentas, lavando la sangre y extinguiendo el odio, aparecerá en el cielo un arco iris, el socialismo. como ángel no como espectro. La revolución será innecesaria porque la economía de guerra habrá enseñado a las naciones el camino; será inconveniente, porque el mundo anhelará concordia y paz; será imposible, porque no habrán quedado vidas, ni fortunas, para abastecer de combustible sus hogueras.

Cultivemos, junto al respeto de los hombres, la altivez ante los dioses. Tan falibles como yo son Hegel, Lenin y Carlos Marx. ¿Lucha de ideas? Sea. Sea la lucha de las ideas constructivas, del patrón y el operario honestos, contra las que dicta el egoísmo de corta vista, del agitador o del burgués. ¿Lucha de clases? Sea. Sea la lucha de las clases que entonan el himno del trabajo, con la azada, el martillo, el cerebro o la guitarra, contra las clases de parásitos de arriba y parásitos de abajo. ¿Revolución social? Sea. Sea la revolución contra los métodos de trabajo ineficientes, que no alcanzan a cocer el pan de todos, y contra los métodos entorpecedores, que no cuecen el de nadie. Pero sean, lucha de ideas, lucha de clases, y revolución social, las contiendas de seres racionales, sobre el campo de batalla democrático, donde cada mente es un cañón, donde es cada enemigo nuestro amigo. Y no sean, esto sobre todo, no sean jamás las pugnas fratricidas entre los elementos mismos de la producción, cuyas fuerzas sumadas nos han de sustentar; restadas nos han de aniquilar.

Los problemas son molinos cuyo principio hay que estudiar, cuyo manejo hay que aprender, sin convertirlos en gigantes enemigos, con imaginación audaz, ni mirarlos con horror, con apocado corazón. En un país pequeño, donde los males están bien definidos, y son perfectamente atacables por el frente, la peor manera de enredar la madeja es ponerlo a jugar de gente grande, para encontrarle síntomas de gota, y demás dolencias distinguidas, y recetarle un tratamiento de fiebre artificial, haciéndolo rezar un credo internacional en ruso, ¡pobre criatura!, y seguir un rosario de dogmas que confunden hasta a los sumos sacerdotes.

Nuestros problemas son reales y visibles; sepamos enfocarlos. Nuestra arma natural es nuestra propia pequeñez; sepamos esgrimiría. Nuestros males son la pobreza y la política; sepamos acabarías.

¡Paz a los hombres sobre la tierra! ¡Capitalismo, lucha de clases, soldados del antagonismo, ¿por qué no descubrís otra vez, como Adán en la selva, que vuestra pugna es suicida; que tenéis enemigos comunes de ilimitadas reservas, cuya destrucción reclama las fuerzas unidas de todos, en consorcio constructivo y racional: la pobreza, la ignorancia, la enfermedad, la naturaleza muerta, la gravedad universal que se opone a todo movimiento!

Hombres que ambuláis a la luz de un mismo sol, y que una misma lluvia os baña, ¿por qué no decidís cooperar en la solución del problema común, en la erección de un techo para todos, en la orientación hacia un mundo donde cada necesidad esté al alcance de cada cual, como la muestra que nos dejó Natura en la abundancia de agua y aire!

La receta por sí sola es bien sencilla: un cambio de punto de vista, en izquierdas y derechas, más un cambio de actitud, en derechas e izquierdas.

Dense cuenta los hombres competentes de la industria y el comercio, los poseedores de la riqueza, de que su actividad es realmente social, y no privada, puesto que a todos sirve; que sus nociones de aprovechamiento y despilfarro, deben ampliarse al tamaño de la economía total; que el gobierno no es festín de politiqueros, del que deben mantenerse alejadas con pudor las gentes capaces de labrar su vida en la llanura, sino el negocio más importante de todos, el que debe dar la orientación, y por el que todos estamos llamados a velar; que sus productos y servicios tienen por objeto primordial satisfacer necesidades públicas, pues los trenes no corren para pagar dividendos; que la utilidad o lucro es solamente la recompensa material por su trabajo director, o por el aporte de sus bienes, y que debe recibirse, como cualquier otro jornal, acompañada de la satisfacción de haber servido con honra y aptitud; que sus subalternos no son instrumentos de su comodidad personal, sino copartícipes de una actividad común, mediante la división del trabajo; que son ellos acreedores a respeto, como seres humanos de una clase única, y a normas de vida y oportunidades culturales en consonancia con la riqueza general; que es más productivo el trabajo de colaboradores dignos, satisfechos y entusiastas, que el de asalariados hostiles, o siquiera indiferentes; que la verdadera autoridad es la que nace de la competencia personal, y no necesita gritos ni palos para imponerse; que el buen ejemplo ha de venir de los favorecidos con mejor discernimiento, y la educación deben impartiría quienes tuvieron la dicha de recibirla, y no es culpa de muchos el tenerla defectuosa; dense cuenta, en fin, los directores, de que el mundo reclama su colaboración paciente y constructiva en las delicadas relaciones económicas y administrativas, y les ofrece, en cambio, junto con las compensaciones tangibles de la vida civilizada, el íntimo gozo de ser útiles.

Dense cuenta los que se encuentran de manera más o menos transitoria, en los grupos ejecutores, de que el pan sólo viene del trabajo; que Roma no creció en un día; que no puede haber producción sin orden, ni orden sin autoridad; que no son en realidad servidores de tal o cual negocio, sino de la sociedad, empresa común que reparte las funciones según las aptitudes, y vela por todos igualmente; que toda posición es honrosa sí se empeña en ella el espíritu, y denigrante si se desempeña a la fuerza, o con miras a un provecho personal inmerecido; que esa sociedad, al servir a todos por acuerdo inteligente entre los socios, espera de cada cual el máximo de su aptitud y esfuerzo; y que no hay trabajo tan pequeño que no pueda proporcionar integra-mente, la satisfacción de cumplir con el deber.

Así vistas las cosas, y en esa actitud unos y otros, la forma de la organización económica general carece de im-portancia: sea que se perfeccione el sistema de comercio y producción particulares, socialmente inspirados, socialmente dirigidos y financiados sí es preciso, protegidos contra absurdas competencias; o sea que se evolucione en largo tiempo, con una humanidad más educada, hacia la centralización total, con una sola pirámide jerárquica en la actividad económica, como en la administración política; los fines que se persiguen son los mismos: colaboración orientada en lugar de competencia antagónica; estímulo en vez de abandono; clase única y unión de fuerzas, en lugar de lucha de clases; máximo esfuerzo entusiasta de todos; máxima eficiencia social en el aprovechamiento de ese esfuerzo; máxima distribución de bienes, y de satisfacciones.

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Con estas vagas conclusiones, y no pudiendo detallar mil cosas que sólo haciéndolas se describen, cierro aquí mi ferviente homenaje al socialismo. La vida, laboratorio de mi filosofía, me ha de dar oportunidad, porque ya tengo algo andado, de probar sobre el surco, en mayor o menor escala, si se puede o no se puede: si el trabajo de los hombres, ejercido con espíritu de colaboración, con entusiasmo, con dignidad; con dirección técnica y proba, con sano criterio comercial y social; combinando la natural autoridad con el estímulo enaltecedor; puede o no puede satisfacer ampliamente las necesidades de todos, en lo material y espiritual.

Entretanto lanzo al viento este puñado de simientes sugestivas, pensando que si acaso alguna de ellas, por el milagro de fertilidad, acierta a germimar en suelo húmedo y cálido, que le de vigor para crecer, y servir con sus leños o sus frutos, estas páginas de amor habrán llenado su misión.

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