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Durante todo el año se mantiene abierta una Galería de Arte, para que artistas consolidados y emergentes puedan dar a conocer su trabajo al público que diariamente visita las instalaciones.

Cada mes los visitantes pueden admirar distintas muestras de pintura, fotografía, escultura, dibujos, entre otras muestras artísticas.

 

Moralegui

Gráfica y estampa: De la línea al color

 

Es una constatación tradicional de la Historia del arte que el pintor puede recrear, sobre un soporte de dos dimensiones, alguna parte su vivencia del flujo continuo de la experiencia sensible construyendo sus formas mediante dos métodos artísticos radicalmente opuestos. Puede, por un lado, utilizar como elemento guía la línea para determinar las dimensiones, los bordes y los volúmenes de sus figuras. La consecuencia general de este procedimiento son unas formas tectónicas, cerradas, cuyos límites están claramente establecidos. Por otro lado, puede, asimismo, subordinar todo al color cual rector. Construirá, luego, sus formas mediante manchas y grandes trazos. En este caso, las figuras resultantes se confunden entre ellas y con el fondo y sus límites son difíciles de decidir.

Desde al menos el Alto Renacimiento los artistas y aquellos interesados en las artes tomaron conciencia de estas dos prácticas divergentes. Los florentinos, quienes se adherían al dibujo (disegno), le consideraban el elemento fundamental de la actividad artística: la única manera de analizar el comportamiento de las formas en el espacio y de llevar a cabo el proceso de idealización de la naturaleza mediante la selección. Era el dibujo para ellos, entonces, aquella parte fundamental de la pintura que estaba dirigida al intelecto. Los venecianos, quienes veneraban el color (colore), pensaban que este era el elemento esencial de la pintura pues era a través de este que se podía ser más fiel verdaderamente a la naturaleza.

La polémica volvió a presentarse, en términos virtualmente idénticos, en 1641 en los círculos académicos franceses. Esta vez entre los seguidores del pintor Nicolás Poussin (Poussinistes), en favor de la línea y los de Pedro Pablo Rubens (Rubénistes), quienes defendían el color. Reapareció en el siglo XIX, de nuevo en Francia, en forma de la oposición entre los adeptos del Neoclasicismo (dibujo), que seguían a Jean Dominique Ingres y aquellos entusiastas del Romanticismo (color), que exaltaban a Eugène Delacroix.

Luis Morales (Moralegui) ha desarrollado su joven carrera artística, por algo más de una década, preferentemente como agudo dibujante de figura humana, particularmente la femenina. Claro está, sus procedimientos para establecer sus figuras respondían, en su mayoría, al primer método artístico que privilegia la línea y el análisis de las formas en el espacio y su interacción.

En esta ocasión, por medio de la exploración de diversas técnicas de la estampa como la monotipia, la xilografía y la serigrafía, Morales explora el método opuesto. No se trata de que la línea haya desaparecido totalmente, ni de que haya renunciado en su totalidad a su vocación de construir y determinar las formas. No, en la mayoría de estas obras la línea sigue presente. Solo que, en esta ocasión, ya no funciona como un cerramiento, ya no es capaz de contener la forma de la figura totalmente. Así, en algunas obras la línea de trazos sueltos y gestuales que describe las figuras se interrumpe arbitrariamente sin completar la silueta dejándola abierta para confundirse con el ambiente que la circunda.

Idénticamente, el color, extendido en manchas extensas con pinceladas desenfadadas, en varias de estas estampas, no está supeditado a la línea, sino que ayuda también en la construcción de las formas. A la vez, los límites establecidos por el dibujo ya no son capaces de contener ni de dictar el comportamiento del color. En otros casos, como las monotipias que sugieren paisajes, la mancha se apodera de toda la superficie en detrimento absoluto de la línea.

Incluso en las xilografías, que es un medio que tiende a lo gráfico y lo lineal, se revela una voluntad por elaborar las figuras mediante zonas ampliadas, de forma sumaria y sin mayores detalles. Insinuando, sugiriendo, de ese modo, las formas en lugar de establecerlas con claridad y describirlas con minuciosidad.

Esta selección de las obras de estampa y obra gráfica de Moralegui –en su mayoría de figura femenina y retrato, pero también algunos paisajes– nos permite disfrutar, por lo tanto, de una nueva faceta (tal vez, inesperada) de la exploración técnica y creativa de este lozano artista herediano.

 

 

 

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